Reservamos esta hacienda buscando un fin de semana tranquilo en pareja. Lo que encontramos fue una experiencia que nos dejó con más preguntas que respuestas sobre los estándares de hospitalidad. Al llegar, descubrimos que había un "problema" con nuestra reserva. A pesar de tener habitaciones vacías, la actitud inicial fue mandarnos de vuelta. Logramos quedarnos, pero ese recibimiento marcó el tono de todo. La habitación era austera —cama incómoda, baño anticuado— y sí, sé que es una hacienda, pero hemos estado en Chorlaví (Ibarra) donde lo rústico no está peleado con la comodidad. La cena estuvo excelente, eso hay que reconocerlo. Pero lo que vino después... A medianoche, me faltaba el oxígeno por la altura. Necesitábamos ayuda. Bajé a recepción: vacía. Intenté salir a buscar alguien: la puerta principal estaba con seguro. Estábamos solos, sin forma de pedir auxilio, sin oxígeno disponible, en una propiedad cerrada. A las 7am, cuando finalmente apareció el personal, pedí un lunchbox para llevar ya que debíamos partir de inmediato. Me dijeron que no, que el servicio iniciaba a las 8am, que esperara. No es rencor. Es decepción. Cuando pagas por hospitalidad, esperas que al menos en una emergencia haya alguien disponible.
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